miércoles, 26 de mayo de 2010

Pamela


Su nombre era Pamela, por más cursi que suene era la chica más inocente que conocí, en todo el sentido de la palabra, me desconcertó desde el momento en que la vi, pues tenía un aire a Fiorella Cayo, casi aposté a que sería ella, pero no lo era tenía además un cabello más corto, tan delicada, tan frágil, la conocí en un taller de baile, no me pregunten como llegué ahí, pues es otra historia, pero sus movimientos ondulantes y acompasados, me hipnotizaban, hasta que entre giro y vaivenes de su cuerpo, su mirada logró ubicarse en la mía, que estaba extasiada, con su silueta, con ella. Al terminar su rutina tan fresca ella, tan inmaculada como sólo podía ser ella, se me acercó, ante mi sorpresa.-Hola soy Pamela-me saludó sin dejar de sonreír, una sonrisa clara, sincera-
-Hola, soy ---. Que bien bailas-le deslicé el comentario sobón, pero no por eso menos honesto pues era lo que pensaba-Estaba shockeado, no esperaba que ella hiciera ese movimiento, pero ahí comencé a darme cuenta de su personalidad, tan clara, tan pura, si se me permite el termino.
Conversamos ese día como 2 horas, me hacia olvidarme de mis demonios, de mis pecados, de mis pasiones que me consumían, era tan natural, casi no calculaba lo que decía, acababa de terminar el colegio, un buen colegio miraflorino con nombre de ciudad judía, era alta casi de mi estatura, de un cuerpo delgado y grácil de la cintura hacia arriba, pero de unas hermosas caderas y piernas más carnosas y apetecibles, pero eso en ese momento no me importó era un plus a mi interés por ella.
Y así comenzamos a frecuentarnos en conversaciones al termino de dichas sesiones de baile que yo adoraba ver, era como mirar una enorme pecera con un pez capaz de embelesarnos con sus movimientos en el agua, la música de la cual era yo entusiasta le parecía interesante a pesar de se tener otros gustos por la diferencia de edad, quise invitarla a salir al cabo de unas semanas.
-Pame, no se si quieras salir el viernes después de la sesión- le dije resuelto a que me aceptaría en el acto, ya que podía darme cuenta (ella lo hacia notar muy bien) de cierto interés en mi.
-No --- , no puedo- me dijo muy seria pero sin demostrar un rechazo frío-
Me dejó helado era una chica tan impredecible, era una respuesta que nunca hubiera podido calcular, la miré desairado.
-No he dicho que no quiera verte ese día, pero que te parece si vas a mi casa, mi mamá te quiere conocer- me dijo con todo el animo posible que su edad emanaba-
-Pucha, normal entonces ese día vamos a tu casa- le dije algo inseguro de mi respuesta, ya que en realidad no la pensé al darla.
Llegó el día y compre una caja de chocolates Ferrero Rocher, tenía que impresionar a la tía, porque de por sí al ver a Pamela uno podía hacerse la idea de una familia acomodada, estaba bien cambiadito, y listo no quise observar la sesión ese día, la ansiedad era tremenda, y prefería no hacerla notoria, llegué a la hora que ella estaría ya apunto de salir de los camarines, ya duchada, con su maletín, su shortcito, su polo y ese olorcito a shampoo importado.
-Hola, no te vi durante la sesión, miraba de rato en rato y nunca apareciste- me dijo mostrándome su preocupación-
-Si, lo que pasa es que quise comprarle algo a tu mami- le dije tratando de parecer lo más educado posible-
-Que detalle, y qué es?- me preguntó mientras trataba de mirar lo que traía en la bolsita plateada con asas-
-No seas sapa, aguántate hasta que lleguemos- le dije tomándola suavemente-
Caminamos mientras nos reíamos, era una niña, lo que pudiera contarme lo hacía como si fuera lo más asombroso del mundo, me contagiaba su gozo por la vida, por estar viva, por estar ahí conmigo, era agua fresca en mi vida.
Llegamos a su casa, la cual era muy grande y bonita, el cruzar el recibidor me escarapelo la espalda, pero ya estaba ahí, me imaginé a una mujer mayor, desabrida desconfiada, inquisitiva, pero que tal chasco; nos recibió su madre la señora Susana, una mujer en sus dulces 39 años, hermosa, como la hija, pude percatarme de quién Pamela heredó esas caderas fascinantes, seductoras, aquella sangre italiana hacia hervir la mía.
La señora Susana me dio gratuitamente un trato inmejorable, me brindo la confianza que puede hacer una mirada clara color miel, una sonrisa auténtica.
-Así que estudias economía, que interesante, Pamela me ha contado mucho de ti-me dijo sin borrar esa sonrisa que me tenía hipnotizado (me alegre de haber aceptado ir a su casa)-pero cosas buenas nomás-finalizó dejando escapar un leve carcajada-
-Ah, que bueno, felizmente- le dije permitiéndome bromear también con ella-
Después de una charla de una media hora en la que me quede encantado con la señora Susana, se retiró llevándose los chocolates no sin antes dejarnos picar algunos pero también prometiendo no comer más de uno al día por su régimen dietético.
Estuvimos charlando, la verdad esas piernas tan atléticas, y ese shortcito que permitía apreciarlas, me parecía lo máximo para poder inspirarme y decirle cosas interesantes o seductoras, además del CD del unplugged de Alanis Morissette, tenía ayuda adicional, me estaba mostrando una cicatriz pequeñita que se hizo en la rodilla cuando jugaba voley hace unos años atrás, me incliné a mirarla y en ese momento en aquel recibidor solitario de muebles de cuero negro, tenía su rostro tan cerca de mi mirándome a inocentemente, puse mi mano en su rostro y la besé, la besé con un beso de labios, pero largo en el que pude palpar la textura de sus labios saborearlos con calma. Nos soltamos, ella miraba aún mis labios y me volvió a besar pero esta vez con más pasión, sospechaba que pasión reprimida todo este tiempo, ante mi aparente calma ante ella, le seguí la intención, dejé mis manos a su libre albedrío, ya que ella también lo hizo, pude al fin sentir los suaves que eran sus muslos suaves y firmes, lo carnosa que era su cadera, e imagine lo mismo de sus nalgas, entreabrí mis ojos y la vi, en éxtasis, y pude percatarme que nadie la había tocado así, como lo estaba haciendo yo, ver sus labios entreabiertos y sus ojos expresando placer fue lo máximo. Aquella noche mientras caminaba a mi casa tenía una sensación extraña nunca la había sentido, gratificante, un pequeño fueguito calido en mi, era Pamela.

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